Rey: Alfonso XIII (1902 - 1931)
Presidente del Gobierno: Eduardo Dato - José Sánchez Guerra
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Todos los presos gubernativos lo primero que hacían era prepararse para la conducción (a pie de Barcelona a La Coruña), procurándose un gran pañuelo rameado para liar el macuto, con una manta, una toalla, una muda de ropa interior, jabón, brocha y máquina de afeitar.
Los presos sociales nos comunicábamos unos con otros, durante el paseo, en el economato, por las ventanas exteriores y por los excusados, vaciándolos del pequeño depósito de agua que contienen, para transmitir la voz a las celdas de abajo, de arriba y de los lados.
La celda carcelaria es absorbente. Si uno se deja llevar de la soledad, queda aniquilado. Luchar contra los efectos corrosivos de la soledad sólo se lograba distribuyendo el tiempo de manera que no quedase una hora sin nada que hacer.
Toque de diana: levantarse de la cama, arreglar el jergón y colgar el camastro; barrer la celda; media hora de gimnasia; ducha fría; recogida del agua de la ducha; lectura; desayuno y salida a paseo; lectura hasta la comida; paseo y comida de la tarde; lectura hasta la hora de acostarse; toque de silencio; dormir hasta la hora de diana.
El tiempo que se pasaba en la cárcel era como un curso intensivo de buenas y sanas costumbres: los jóvenes sindicalistas y anarquistas catalanes resultaban ser la juventud mejor preparada de toda España. Empero, se producían pérdidas de militantes. Eran los que no soportaban estar presos. Salían en libertad y eran militantes perdidos para la Organización. Continuaban siendo buenos obreros sindicados, pagaban puntualmente las cotizaciones, pero procuraban no ser señalados para no volver a la celda.
Otros, entraban, salían y volvían a entrar, siempre por lo mismo: por ser activistas en el sindicato, por formar parte de los Comités, por pagar las cotizaciones aun estando prohibidas, por asistir a reuniones clandestinas los sábados y domingos, en playas recoletas o en las calvas de los bosques de Las Planas y Vallvidrera, y por repartir manifiestos y pegar pasquines. A veces, se les presentaba el dilema de continuar o retirarse. Dilema difícil de resolver, porque meses a pan y rancho —las cestas de comida de la taberna de Collado eran ya un recuerdo— y de abstinencia de toda satisfacción íntima, creaban un estado angustioso, que había que resolver en la soledad de la celda. Me lo jugué a cara o cruz. Si sale cara, me retiro. Y salió cruz.
Casi cada diez días salían cuerdas de presos gubernativos en conducción ordinaria hacia La Coruña. Las conducciones procuraban realizarlas espaciadamente, de manera que en el camino la cola de una no se uniese con la cabeza de otra. Siendo cuatro las galerías de presos gubernativos, podía calcular que la orden de conducción me tocaría al cabo de tres meses, hacia mediados de abril de 1922. A no ser que fuese antes, por la avalancha diaria de nuevos compañeros que ingresaban presos. Estos siquiera estaban vivos. Muchos eran asesinados al salir del trabajo, al ir a sus casas o al ser sacados a altas horas de la noche de la cárcel Modelo, so pretexto de conducirlos a la Jefatura de Policía, y eran ejecutados a la luz de la luna o de las estrellas, por el método de la «ley de fugas» que implantó el general Arlegui.
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Y vino la gorda.
Lo único que podía poner fin a la tragedia que vivía la clase obrera de Cataluña, que tan sañudamente hubo de soportar la «mano de hierro con guante blanco» de Eduardo Dato.
La mañana de aquel 22 de abril, un continuo abrir y cerrar puertas de celdas sembró la inquietud en nuestra galería. Como ya suponíamos de lo que se trataba, nuestros ánimos decayeron un poco. Cuando abrieron la puerta de mi celda, el oficial de la Ayudantía, papel en mano, me dijo:
—Hoy no tendrá paseo. Prepárese para salir en conducción ordinaria. Puede ser a primeras horas de la tarde de hoy o a primeras horas de la mañana.
Cerraron la puerta y escuché atentamente. Abrieron una puerta dos celdas más allá de la mía, la de Batlle. Por la cantidad de cerrojos que oí, deduje que saldríamos en conducción ordinaria no menos de cien presos. Se armó la algarabía de siempre que anunciaba las conducciones por carretera. Las imprecaciones no son para ser descritas. Fui envolviendo mis escasas pertenencias en un gran pañuelo de hierbas. Después me tendí en el camastro, cosa prohibida durante el día: después de todo, ya no podían castigarme a no salir al patio ni a perder las comunicaciones con el exterior.
Estando para salir en conducción... Pero como a las cuatro de la tarde se oyó un griterío enorme.
«¡Ya, ya, ya...! ¡Mataron a Dato! ¡Ma... ta... ron... a Dato!»
Y por las ventanas enrejadas salían broncos los cantos revolucionarios:
«Hijo del pueblo, te oprimen cadenas
y esa injusticia no puede seguir,
si tu existencia es un mundo de penas
antes que esclavo prefiere morir.
Esos burgueses, asaz egoístas,
que así desprecian la Humanidad,
serán barridos por los anarquistas
al fuerte grito de libertad.
Rojo pendón, no más sufrir,
la explotación ha de sucumbir.
Levántate, pueblo leal,
al grito de revolución social.
Vindicación no hay que pedir;
sólo la unión la podrá exigir.
Nuestro pavés no romperás.
Torpe burgués.
¡Atrás! ¡Atrás!
Los corazones obreros que laten
por nuestra causa, felices serán.
Si entusiasmados y unidos combaten,
de la victoria, la palma obtendrán.
Los proletarios a la burguesía
han de tratarla con altivez,
y combatirla también a porfía
por su malvada estupidez.
Rojo pendón, no más sufrir,
la explotación ha de sucumbir.
Levántate, pueblo leal,
al grito de revolución social.
Vindicación no hay que pedir;
sólo la unión la podrá exigir.
Nuestro pavés no romperás.
Torpe burgués.
¡Atrás! ¡Atrás!»
Me levanté del camastro, como empujado por un resorte de acero. Recordé a Pey, a Minguet, a Medín Martí, al Pelao, a Espinal, viejos militantes de solera revolucionaria. Y los ejecutores, ¿quiénes eran? Con el tiempo se supo.
Tres metalúrgicos: Mateu, Nicolau y Casanellas.
Era un equipo de compañeros jóvenes y desconocidos por la policía, de vida y aspecto intrascendente, trabajadores sin tacha, excursionistas y un poco aficionados al motociclismo.
Con este grupo eran cinco los equipos orgánicos que la CNT ponía en marcha para llevar a cabo aquella desesperada operación.
El primer equipo, fue el Pleno del Comité regional, que adoptó el acuerdo.
El segundo equipo —Archs, Pey y Minguet— organizó la visita a Dato de la Delegación del Fabril y Textil, en la que incrustó el tercer equipo organizador del plan, compuesto por el secretario del Alto Llobregat y el secretario de la Comarcal de Reus y dos tintoreros de Barcelona, Medín Martí y «Jaume el Pelao».
El cuarto equipo, constituido por el secretario de la Comarcal de Reus y el Comité provincial de Tarragona, que se encargaron de la visita a Evaristo Fábregas, millonario de Reus, a quien convencieron para que entregase cinco mil pesetas para gastos extraordinarios de la Organización, financió la empresa.
Aquella acción de la CNT no tuvo las características de la espontaneidad. Las veces que acudió a esa práctica —tantas como se hizo necesario—, lo hizo en defensa de la vida de sus militantes y de la existencia de sus Sindicatos. Cuando el Comité regional de Cataluña dio la orden de ejecutar a Dato, ya no se podía resistir ni un día más al acoso de que era víctima la Organización. En aquellos momentos casi hubimos de hincar la rodilla. Los golpes que nos propinaban eran demoledores. Dato, el clero y los capitalistas habían ordenado a las fuerzas de orden público y a los pistoleros acabar con la CNT y sus militantes.
La precaria paz social
Ya no salimos de conducción. José Sánchez Guerra, del mismo partido que Dato, pero hombre acreditado de culto y liberal, fue llamado por el rey Alfonso XIII para formar nuevo gobierno. La primera medida que adoptó fue la de restablecer las garantías constitucionales, lo que determinaba que, en el acto, fuesen puestos en libertad todos los presos gubernativos. Las listas de liberados iban llegando a la dirección de la cárcel celular desde las oficinas del Gobierno civil. Los ordenanzas de los oficiales, encargados de abrir las puertas de las celdas y gritar «¡con todo!» no daban abasto. En el patio de entrada de la Modelo no cabían los familiares, amigos y compañeros de los presos que iban a ser puestos en libertad.
Fue una gran victoria de la CNT. También fue la victoria de aquella juventud que a punta de pistola mantuvo en pie una organización sindical sin par en el mundo.
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Juan García Oliver
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